
Llevaba un mal día. Tenía 19 o 20 años y mi vida de noviazgo duradero ya empezaba a ser un infierno.
Me senté tranquilamente en una de las paradas de bus que hay en la pequeña estación de Goya. Me encendí un cigarro y me puse a pensar en la mierda de relación que tenía y en lo poco que me convenía. Y entonces fue cuando ocurrió.
Una señora de unos 70 años se sentó a mi lado. La estación estaba completamente vacía. Se me quedó mirando y hacía ademán de querer charlar conmigo. Parecía una buena mujer, algo preocupada. Me miró y por fin se atrevió a comentarme:
- Lo voy a matar.
Sonreí, estaba claro que no la había entendido bien.
- Lo voy a matar, a ese cabrón me lo cargo. Le odio. Mírale, que hijo de puta. ¡Mírale! ahí detrás escondido al desgraciado...
Me asomo... no hay nadie. Miré por todos lados, no había ni Dios. Sólo hay tres opciones: o la señora está en franco peligro y yo no estoy siendo capaz de ver al malo, la señora está loca, ó yo estoy loco y estoy flipando. Así que respondo:
- ¿A quién señora?
- A mi vecino. Mira al gilipollas, ahí con su paraguas. Me quiere matar con su paraguas. Me persigue, me acecha. Pero de esta noche no pasa. Me lo voy a cargar. Voy a llamar a su puerta para pedirle cualquier cosa y en lo que se despista... ¡zas!, lo acuchillo.
Prometo que la estación estaba vacía. La mujer miraba a un tío que no estaba allí. Pero yo soy así. La mujer me estaba dando una conversación interesante, y yo no tenía nada que hacer. Así que me dije, "habla con ella, Gius":
- Mi vecino también está loco. Es peligroso (lo cual es verdad)
- ¿Y porqué no lo matas? Mira, podemos hacer una cosa. Tú me ayudas a matar a mi vecino y yo te ayudo a matar al tuyo. Hay que acabar con la basura.
- Podría ser. Es que me da algo de miedo que nos pillen señora.
- Mira al idiota como me sonríe desafiante. ¡Mírale! Es que no me deja en paz... ya verás quién se ríe esta noche de quién, jajajaja...
- ¡Sí! jajajajaja.
En esos momentos empezó a llegar gente a la parada del bus, el 29. La señora y yo seguimos departiendo de matanzas y de venganzas durante unos minutos. La gente nos miraba. Fueron 10 minutos en los que descargué toda la ira que llevaba encima y la pobre mujer encontró alguien que la siguiera su paranoia.
Finalmente me despedí de ella amablemente y me subí.
Cuando iba ya en el bus, algunas personas, que escucharon todo en la parada, giraban la cabeza hacia mí, temiendo que si no tenían controlada mi posición, me acercase a ellos por detrás y los degollase.
Han pasado muchos años de aquello, pero siempre me acuerdo. Fue realmente extraño.
Y así empieza esta serie de capítulos en las que me referiré a los numerosos personajes extraños que me he encontrado, como por ejemplo el moro que murió, el peruano que tiró su sueldo al suelo de una plaza mientras cantábamos el himno, el señor al que le vendí su casa-hueco y que decía "entiendes" cada dos o tres palabras, la chica de la facultad que lloraba sola en medio de la Moketa y muchos más...